jueves, 29 de noviembre de 2012

Disección del comportamiento humano


Mon oncle d’Amérique (Alain Resnais, 1980)

Guión: Jean Gruault. Inspirado en los trabajos del profesor Henri Laborit.


Aporto los fragmentos de la obra en los que se disecciona el comportamiento humano por parte de Henri Laborit, en primera persona. Si bien las teorías que se exponen acerca de la división del cerebro son falsedades paracientíficas, podemos tomarlas como metáforas didácticas. Del mismo modo, las afirmaciones categóricas -acerca de las causas de las enfermedades y otras- han de ser tamizadas por la lógica. En cualquier caso, todas las consideraciones de este texto inducen a la reflexión y al autoconocimiento, lo cual es sin duda positivo.


La única razón de existir para un ser, es existir. Es decir, para mantener su estructura orgánica, debe permanecer vivo; si no, no hay ser. Las plantas pueden permanecer vivas sin desplazarse. Ellas toman su alimento directamente del sol y gracias a la energía del sol, transforman esta materia inanimada en su propia materia viva.

Los animales, incluyendo el ser humano, solo pueden vivir consumiendo la energía solar transformada previamente por las plantas. Esto provoca su movilidad. Se ven forzados a moverse de un lugar a otro. Para desplazarse en el espacio se requiere un sistema nervioso. Este sistema nervioso permite actuar sobre y dentro del entorno. Y siempre por la misma razón: sobrevivir. Si la acción es eficaz, el resultado es una sensación de placer. Hay un  impulso que mueve a los organismos vivos para preservar su equilibrio biológico, su estructura vital y mantenerles vivos. La función de un cerebro no es pensar, es actuar.

La evolución de las especies es conservacionista. Así, en el cerebro de los animales, encontramos formas muy primitivas. Hay un "primer cerebro", que Paul MacLean llama el cerebro de reptil, que permite la supervivencia inmediata, sin la cual ningún animal podría sobrevivir. Beber y comer le permite mantener su estructura; y copular, reproducirse. Después, cuando llegamos a los mamíferos, un "segundo cerebro" se agrega al primero. MacLean y otros  llaman a esto el cerebro de la afectividad. Yo prefiero llamarlo el cerebro de la memoria.

Sin memoria, ¿qué es agradable o desagradable?, no hay diferencia entre estar feliz, triste, angustiado, enojado o enamorado. Podríamos casi decir que una criatura viva es una memoria que actúa. Entonces un "tercer cerebro" se agrega a los otros dos. Se llama el córtex cerebral. En el ser humano se halla muy desarrollado. Lo llamamos córtex asociativo, es decir que "conecta". Conecta las diversas trayectorias de los nervios, que han conservado huellas de experiencias previas. Las conecta de una manera diferente a la que fueron influidas por el medio ambiente en el momento mismo de la experiencia. Es decir, que nos permite crear, realizar ideas imaginativas. En los humanos, estos tres cerebros siempre existen, sobrepuestos. Nuestros impulsos siempre son primitivos, al venir del cerebro reptil.

Estas tres capas del cerebro deben funcionar juntas. Por lo tanto, se relacionan por las uniones  nerviosas. Una unión puede llamarse el nudo de la recompensa. Otra, el nudo del castigo. Ésta conducirá a la huida, o a la lucha. Otra causará la inhibición de la acción. Por ejemplo, la caricia de una madre a su niño, la medalla que halaga el narcisismo del soldado, el aplauso del público para un actor... Estas acciones liberan substancias químicas en el nudo de la recompensa produciendo un placer con motivo de la atención recibida.

Hablé sobre la memoria. Pero debemos entender que en el nacimiento, el cerebro es aún lento e inmaduro. Por lo tanto, durante los 2 o 3 primeros años de la vida, la experiencia que él tendrá del medio y sus alrededores, será indeleble. Desempeñará un papel muy importante en la evolución de todo su comportamiento futuro. Finalmente, debemos reconocer que todo lo que afecta a nuestro sistema nervioso, desde el nacimiento, y quizás antes en el útero, los estímulos que actúan sobre nuestro sistema nervioso, vienen esencialmente de los otros.

Nosotros somos los otros. Cuando morimos, son los otros, interiorizados por nuestro sistema nervioso, quienes han formado y construido nuestro cerebro, quienes lo han llenado: quienes van a morir.

Así, nuestros tres cerebros están ahí. De las dos primeras  funciones del cerebro inconsciente, no sabemos nada. Impulsos, automatismos culturales. El tercero conlleva un lenguaje explicativo, el cual proporciona siempre una excusa para el funcionamiento inconsciente de los dos primeros.

Podemos comparar el inconsciente a un mar profundo. Eso que llamamos consciencia es la espuma que aparece esporádicamente en la cresta de las olas. Es la parte más superficial de ese mar, batido por el viento.

Podemos distinguir cuatro clases principales de comportamiento.

1 -  Comportamiento de  consumición, que satisface necesidades básicas: comer, beber, copular.
2 -  Comportamiento de  satisfacción. Cuando una acción produce placer, intentamos repetirla.
3 -  Comportamiento de respuesta al castigo, ya sea por la huida, que lo evita, o por la lucha para destruir al objeto de la agresión.
4 -  Comportamiento de inhibición. Toda acción cesa. Esperamos en tensión, lo que conduce a la angustia. Angustia es la imposibilidad de dominar una situación.

Se pone una rata en una jaula, con dos compartimentos divididos por una reja, que tiene una puerta. El suelo está electrificado intermitentemente. Antes de que la electricidad pase por el suelo, una señal advierte al animal. Cuatro segundos después se producirá la descarga. Él no sabe cuando comienza. Aprende rápidamente, pero al principio es sorprendido. Enseguida ve la puerta abierta y pasa al otro lado. Lo mismo sucede algunos segundos después. Aprende rápido que puede evitar el castigo de la descarga eléctrica volviendo al lugar donde estaba al principio. Se coge el animal, sujeto del experimento durante diez minutos al día, siete días seguidos. Después de estos siete días, tiene una salud perfecta. Su piel es lisa, su presión arterial es normal. Él ha evitado el castigo con la huida. Ha sido una experiencia agradable. Ha mantenido su equilibrio biológico.

Lo qué es fácil para una rata en una jaula, es más difícil para el ser humano en sociedad. Se han creado ciertas necesidades para vivir, por parte de esta sociedad, desde la misma infancia. Y es raramente posible satisfacer esas necesidades recurriendo al combate, cuando la huida es ineficaz.

Cuando dos individuos con proyectos diferentes, o el mismo proyecto, están compitiendo para lograrlo, hay un ganador y un perdedor. El resultado es la dominación de uno de los individuos sobre el otro. El intento de dominar en un espacio, que podemos llamar el territorio, es la base fundamental de todo el comportamiento humano, aunque no seamos conscientes de nuestros motivos.

No hay un instinto de propiedad. Ni hay un instinto de dominación. Existe simplemente el sistema nervioso del individuo que ha aprendido la necesidad que tiene de conservar a su disposición un objeto o un ser, que también es deseado, protegido, por otro ser. Y él sabe por aprendizaje, que en esa competición, si conserva ese objeto o persona a su disposición, él la va a dominar.

Hemos dicho ya que somos otros. Un niño salvaje, abandonado lejos de la gente, jamás será una persona. Nunca sabrá cómo caminar o hablar. Se comportará como un pequeño animal. Con el lenguaje, los seres humanos han podido transmitir de generación en generación todas las experiencias habidas, en los millones de años del mundo. Una persona sola requiere mucho tiempo para poder asegurarse su propia supervivencia. Necesita de los otros para poder vivir. No sabe hacer todo, no es político, técnico.

Desde la infancia, la supervivencia del grupo está unida a la enseñanza del adulto a los jóvenes de lo que es necesario para vivir en sociedad. Le enseñamos a no mancharse, haciendo pipí en su orinal. Entonces, muy rápidamente el niño aprende cómo comportarse para que la cohesión del grupo pueda mantenerse. Le enseñamos qué es bello, qué es bueno, qué es malo, qué es feo. Decimos lo que él debe hacer y le castigamos o premiamos; por consiguiente, no importa cuál sea su elección del placer. Castigo o premio, según su comportamiento, son adecuados a la supervivencia del grupo.

Empezamos a conocer cómo funciona el sistema nervioso. Solamente en los  últimos 20 o 30 años estamos siendo capaces de comprender cómo a partir de moléculas químicas, que conforman la base, se establecen las vías nerviosas, que van a ser codificadas, impregnadas por las condiciones sociales. Y todo esto dentro de un mecanismo inconsciente. Es decir, nuestros impulsos y nuestros automatismos sociales son enmascarados por el lenguaje, por el discurso lógico.

El lenguaje solo puede ocultar la causa de la dominación; el mecanismo que oculta esta dominación hace creer al individuo que trabaja por el conjunto social, cuando en realidad, lo hace para su placer. Lo qué él hace en general es  mantener las situaciones jerárquicas, que se esconden tras coartadas lingüísticas. Coartadas facilitadas por el lenguaje, como excusa.

En una segunda situación, la puerta de comunicación entre los dos lados de la jaula, está cerrada. La rata no puede huir. Experimentará el castigo, que no puede evitar. Este castigo le provocará una conducta de inhibición: aprende que la acción es inútil, no puede escaparse o luchar. Se inhibe. Esta inhibición, en el ser humano, produce un estado de angustia que le ocasiona profundos desórdenes biológicos. Tan profundos que, si un microbio aparece, mientras que normalmente podría hacerlo desparecer, ahora no podría: y tendría una infección. Si hay una célula cancerígena, que normalmente se destruiría, ahora se desarrollaría, y  llegaría a ser un cáncer. Y estos problemas  biológicos, le conducirán a esas enfermedades, llamadas de civilización o psicosomáticas. Úlceras de estómago, hipertensión arterial, insomnio, fatiga... malestar continuo.

En una tercera situación, la rata no puede escapar. Recibirá todo el castigo, pero estará junto a otra rata que le servirá como adversario. Con la que va a luchar. El combate es totalmente inútil. No le permite evitar el castigo, pero ha actuado. El sistema nervioso produce la acción. Esta rata no tendrá ningún problema patológico, como observamos en el caso precedente. Estará en buenas condiciones, aunque haya recibido el mismo castigo.

En el caso del ser humano, la ley social prohíbe en general tal violencia defensiva. Vemos como él soporta, todos los días, presiones en el trabajo, sin replicar. No puede romperle la nariz. Le denunciaría.  Tampoco puede huir, pues iría al paro. Y todos los días, todas las semanas, y cada mes, a veces años, él se inhibe de actuar.

El ser humano tiene varias maneras de luchar contra esta inhibición de actuar. Por ejemplo la agresividad, que nunca es gratuita. Siempre es una respuesta a la inhibición de la acción. Se desemboca en una explosión agresiva, que raramente se entiende. Pero, por el sistema nervioso, es perfectamente explicable.

Así, como hemos dicho, esta situación que tiene la persona, de inhibición, si se prolonga, afectará a su salud. La alteración biológica, que él produce, causará no solamente la aparición de enfermedades infecciosas. También de la conducta, lo que llamamos "enfermedad mental". Si una persona no expresa su agresividad frente al otro, entonces se vuelve contra él mismo de dos maneras. Él somatizará, es decir que dirigirá su agresividad sobre su estómago produciéndose una úlcera; o sobre su corazón y arterias, causando la hipertensión, e incluso lesiones agudas que pueden producir un shock cardíaco, con ataques de corazón, derrames cerebrales. Puede desarrollar urticaria o crisis de asma. También puede volver su agresividad contra él, de una manera más eficaz: se puede suicidar. Cuando no podemos ser agresivos con los otros, se puede hablar de suicidio, y ser agresivo con nosotros.

El inconsciente es un instrumento formidable. No solamente porque contiene todo lo que hemos reprimido, cosas demasiado dolorosas para poder expresar, seriamos castigados por la sociedad, sino también porque todo lo que es permitido, incluso recompensado por la sociedad, se ha alojado en el cerebro desde nuestro nacimiento. Somos inconscientes de su presencia, pero dirige nuestros actos. Este inconsciente es el más peligroso. Es lo que llamamos la personalidad del individuo. Se construye con ladrillos, de juicios del valor, de prejuicios y tópicos. Según avanza su edad, se vuelve más y más rígido, con menos capacidad de respuesta. Quitemos una sola piedra del edificio, y todo se derrumbará, desvelando la angustia. Esta angustia no detendrá al individuo frente a la muerte, ni al genocidio, ni a la guerra entre grupos sociales, para destruirse.

Comenzamos a comprender con qué mecanismo, por qué  y cómo, a través de la historia, y en el presente, se han establecido las actuales jerarquías de dominación. Para ir a la luna, es necesario conocer la ley de la gravedad. Conocer la ley de la gravedad no nos libera de la gravedad, nos permite utilizarla para hacer otras cosas. Mientras no hayamos difundido extensamente, entre todos los seres humanos, cómo funciona su cerebro, cómo lo utilizan, mientras no sepan que lo utilizan para dominar a otros, existirán pocas oportunidades de que algo cambie.

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