domingo, 24 de enero de 2016

Hollywood 2011

Diario de un viaje a Los Ángeles publicado en febrero de 2011 por Antonio Tausiet


Martes 22
Estoy sobrevolando los Estados Unidos. Para llegar de España a Los Ángeles hacen falta tantas horas que uno pierde la cuenta. El avión vuela en dirección contraria al giro terrestre, así que viajamos también hacia atrás en el tiempo. José Ángel, el jefe de la expedición, contratado por el Canal Hollywood para emitir cinco microespacios el domingo, día de la entrega de los Óscar; Gabi, el cámara; y yo, que les acompaño porque son mis amigos y porque el otro día estaba sentado en un banco esperando a mi hija y pensé que si me llamaba José Ángel y me proponía algo, aceptaría por alocado que fuera. En ya no sé qué aeropuerto, el jefe nos ha puesto en su portátil los programas que hizo hace 3 años también en Los Ángeles con Ana Esteban para el Heraldo. En el primer avión, he visto cine a la carta. Tres películas: La red social (2010), un aburrimiento del sobrevalorado Fincher; Mr. magorium y su tienda mágica (2007), con Dustin Hoffman y Natalie Portman, muy mala; y Déjà vu (2006), de Tony Scott, con sus explosiones, su Denzel Washington y su argumento cogido por los pelos.
Como digo, estoy sobrevolando los Estados Unidos. En España ya es miércoles, aunque aquí este martes eterno no parece que vaya a terminar nunca. Quizás no había bastado con cinco controles distintos para acceder al primer avión: un error de lectura de cartelería me ha llevado a empujar al grupo a someterse al puente detector de viajeros dos veces para el mismo segundo vuelo, en el aeropuerto de Philadelphia, tras recorrer de nuevo como en un déjà vu pasillos y pasillos. Menos mal que los ánimos no están muy encrespados y el jefe no se ha quejado demasiado. La anécdota es que podríamos haber evitado ese segundo mal trago si no fuera porque yo he puesto un pie más allá de una línea en el suelo, y unos militares me han impedido retroceder ante las llamadas de mis compañeros. En este avión cuya sombra recorrería la Ruta 66 si no fuese porque ya es de noche, llegaremos al Oeste a la hora de cenar… con ganas, porque no parecen tener intención de alimentarnos. Mientras, reímos construyendo jeroglíficos en servilletas, transformados en niños que gozan con sus juguetes. Algunos de los viajeros utilizan internet a bordo, actualizando su red social mediante un acceso de pago que funciona en pleno vuelo.
Momento indicado para reflexionar sobre el sentido de mi presencia en un grupo que va a trabajar para la televisión, mientras yo contemplo el sol de California. La entrega de los premios de la Academia de Hollywood, que nos reúne en este mítico lugar, no deja de ser una buena metáfora de cómo están las cosas: (con)fusión de la cultura con el ocio, preeminencia de la brillantina sobre el arte y, en definitiva, los modos de divertirse que caracterizan ¿desde siempre? a los ricos y a los pobres: aquéllos televisando su derroche y éstos intentando imitar el desfase transformando el glamour en esperpento. Yo formo parte del grupo de los contemplativos, ése que como calla otorga. Por supuesto que sí. No me da la gana de intentar arreglar nada: simplemente me quejaré cuando me apetezca. Mientras, juego con mis dos amigos a que el motivo de mi viaje es tocar el pezón izquierdo de Natalie Portman, nominada a mejor actriz por Cisne negro.
Miércoles 23
Hoy es 23-F, el 30 aniversario de un golpe de estado fallido en España. Basta con alejarse unas cuantas decenas de miles de kilómetros para darse cuenta de la importancia de Antonio Tejero Molina, Adolfo Suárez González, Felipe González Márquez, Juan Carlos de Borbón y Borbón y todas esas grandes figuras del toreo político español: ceros a la izquierda.
Sunset Boulevard será mi guarida en ese barrio angelino cuyo nombre está escrito en unos carteles blancos bastante traperos sobre unas colinas peladas y todos los habitantes del planeta conocen. Hollywood es un barrio de Los Ángeles, pero sobre todo el lugar donde se han gestado durante cien años los moldes de las ensoñaciones de las masas. Esos mismos alambiques sobre los que hoy podemos decir que la ficción ya no tiene una frontera definida con la realidad. El cine era un peldaño más, después de la literatura. Hoy es internet, el soporte de todo lo anterior y el gran salto a la falta de importancia del lugar físico y de la presencia.
Los coches no cesan de pasar nunca por Sunset Boulevard. Las calles aquí son carreteras, nadie se desplaza caminando. Ahora entiendo mejor la segunda parte de Wall-E. La hija de un hispano se casó con un hindú que regenta el motel donde me alojo, en el corazón de la ciudad de los sueños. Todos toman cafés americanos y van a lo suyo. Las tomas de corriente son de clavija plana y en invierno hace frío, contra lo esperado. El domingo el mundo mirará hacia aquí y verá cómo se reparten premios entre ellos los herederos de aquellos que se asentaron en este solar para no pagar la tasa Edison.
Las películas y directores candidatos de este año son de poca importancia para la historia del cine. Los actores también, aunque destacan la bella Natalie Portman, protagonista de Cisne negro, y el veterano Jeff Bridges, del western Valor de ley. Entre los secundarios, el verdadero protagonista de El discurso del rey, Geoffrey Rush. La griega Canino opta a mejor extranjera: espero que gane y así pueda verla.
Esta mañana he confirmado que las estrellas del paseo de la fama son reales. Quiero decir, virtuales. Que aquí, como es sabido, es lo mismo. El equipo desplazado desde Zaragoza trabaja con intensidad, mano a mano con los enlaces americanos. Todo muy profesional. Estoy seguro de que el resultado final que se verá en Canal Hollywood en España el domingo, antes de la entrega de los Óscars y dividido en cinco microespacios, será absolutamente solvente y del gusto de la cadena y sus espectadores.
El hecho de trabajar en un medio como el de la farándula, sea cara al público o en sus vertientes más peregrinas, hace que se viva permanentemente en un estado de estrés creativo. Estos días vivo junto a mis amigos la magia del arte, y creo que ellos no son muy conscientes, inmersos en sus ajustes de producción. Sé que todo esto no es más que un pequeño engranaje en la gigantesca máquina de hacer dinero de la industria audiovisual, pero aún no son los robots quienes tienen la última palabra en eso de generar contenidos. Los conceptos de guión, fotografía y montaje están vigentes.
Otra cosa es lo de la promoción. Es bien sabido que las producciones de alto presupuesto dedican la mitad de su inversión a inducir su publicidad positiva. Grupos de periodistas afincados en Los Ángeles asisten a preestrenos de filmes para conseguir entrevistas con las estrellas, información privilegiada y recursos económicos. Curiosidades del capitalismo.
Las comidas son como parecen vistas desde la vieja Europa: cadenas interminables de cadenas alimenticias que ofrecen bocados vertiginosos. Ya sabemos bastante de eso en nuestros nuevos extrarradios, que imitan lo peor del líder mundial. Pero sólo es una semana, y luego vuelta a la borraja y el hígado de ternasco.
En todas partes se encuentran cosas curiosas y atractivas. Un centro comercial de Los Ángeles (The Grove) está construido junto a un antiguo mercado recuperado, y la conjunción del mercado, que conserva algo de su sabor, y el nuevo conglomerado, que ha sido urbanizado al aire libre imitando una ciudad de película, con banda sonora de crooners incluida, tiene un cierto encanto entre kitsch, naif y entrañable. Incluye un tranvía, una fuente que baila al ritmo de la música y aceras repulidas como en un escenario recién estrenado. Elegimos comida mexicana y a dormir. Mañana será otro día intenso: de actividades y de marea humana, porque cada vez está más cerca la ceremonia anual, esa opereta grandilocuente que atrae a miles de visitantes. Por ejemplo, yo.
Jueves 24
Avanza implacable la semana y los comercios de souvenirs se agolpan en Hollywood Boulevard. Hacia el norte, el reguero de estrellas en el suelo se consume pronto, cerca de una sinagoga. Pero hacia el sur, continúan incesantes durante kilómetros. A medida que uno se aleja del centro comercial que ejerce de punto de encuentro, disminuyen los lugares míticos y aumentan los comercios demodés.
Museos de cera con las figuras mal recompuestas, supuestas exposiciones de rarezas de los años cincuenta, iglesias de las religiones más variopintas, tiendas de ropa interior para prostitutas, comercio de armas al por mayor, escuelas de música, fotógrafos ajados… hasta un supermercado del disfraz, también añejo, con todos los pequeños detalles que requiere un camuflaje perfecto.
Mis amigos siguen trabajando, pateándose esta ciudad de cartón piedra, a la busca de imágenes amenas para sus reportajes: qué comen los actores, o quiénes serán los elegidos el domingo. Pero lo más alucinante ha sido la visita a las famosas letras blancas de Hollywood que lucen en las colinas.
Un concejal del distrito ha sido nuestro guía en la ruta. Bien alimentado con carne local, nos ha facilitado la entrada a un recinto que da directamente a la parte trasera del letrero. Antes, hemos podido ver un pequeño museo construido en las primeras oficinas cinematográficas de Hollywood, donde Cecil B. de Mille tenía su despacho hace cien años.
Por mucho que varios actores famosos se han prestado por la tarde a poner su imagen tras el micro del canal para el que trabajan mis amigos, la excursión a las grandes letras blancas ha merecido mucho más la pena, por su carácter surrealista y el empeño exagerado del concejal para que todo fuese sobre ruedas.
Todos estamos agotados; yo también, porque acompaño a los currantes en varias fases de sus desfases. Pero qué bien sienta darle un pequeño empujón a la vida, aunque sea en forma de viaje inopinado.
Ya sólo quedan tres días para la entrega de premios. Que gane el mejor. Y el que pierda, que siga las costumbres de los antiguos pobladores de Los Ángeles, los gabrielinos o tongva, que le daban al estramonio, un psicótico natural que causa locura irreversible.
Viernes 25
En Los Ángeles no sólo hace frío en invierno. También llueve, como en las películas. Pero las inclemencias meteorológicas, tan reales, no pueden con la maquinaria arrolladora de la meca del cine y su factoría asociada de burbujas. La vida sigue en las calles por la mañana: un grupo de homeless ciclistas levanta su campamento en el porche de un local de streaptease; el pequeño centro comercial de Santa Mónica continúa sirviendo sus cafés aguados en Starbucks; una ardilla salta de árbol a árbol en un parque recoleto del barrio Este.
Ya cerca del cogollo frenético, un pequeño equipo español de televisión graba a un par de japonesas diciendo “Javier Bardem” ante una estatua de Marilyn pintada con purpurina. En las escaleras de acceso al teatro Kodak, la alfombra roja está cubierta de plástico para que los turistas puedan pisarla hasta el último momento. Las figuras de atrezzo del tío Óscar también están protegidas de ataques de helados de chocolate, además de acompañadas de guardias de seguridad.
Comer de nuevo en uno de los miles de restaurantes es sólo un trámite para llegar a la rueda de prensa de Javier Bardem y González Iñárritu, presentando su Biutiful, que opta a mejor película en habla no inglesa. Es la primera vez que se selecciona como mejor actor a alguien que habla extranjero, y coincide que es en castellano.
Los dos (actor y director) responden con sinceridad y humanismo a los periodistas acreditados, entre los que me he colado. La sensación de cercanía es quizás real, como también parece cierto que sus consignas sociales son sentidas. Otra cosa es si han conseguido o no reflejar eso en la película. Iñárritu denuncia al capitalismo; Bardem agradece a los grandes actores su trabajo. Todo el acto se desarrolla en español, y la prensa que acude es latina al cien por cien.
La lluvia no cesa pero el trabajo tampoco. El jefe José Ángel está realizando labores de montaje; luego reescribirá los guiones; responderá llamadas; resolverá problemas; atenderá necesidades humanas de su equipo; encajará horarios imposibles; y por fin, mañana, entregará un trabajo que por lo que se ha visto hasta ahora resulta excelente. Siempre dentro de los márgenes de una producción audiovisual cuyo único propósito es no hablar de nada. O sea, de los Óscar de Hollywood.
Sábado 26
Los Ángeles fue fundada por españoles; las distopías suponían que la ciudad acabaría repleta de asiáticos; sin embargo, abundan más los hispanos. Eso sí, en los puestos más bajos de la escala social. En cuanto un camarero te escucha chapurrear el inglés, desenvuelve su acento mexicano o colombiano para atenderte sin barreras idiomáticas. Para un analfabeto en poliglosia, es todo un respiro.
Como el día es intermitente en fenómenos atmosféricos, el equipo de grabación alterna porches y descampados, según arrecian la lluvia o el sol. Son las últimas tomas: mañana domingo se emite el trabajo en España, como información previa a la entrega de los galardones. Anochece y en estos momentos el despacho de la productora echa humo. Todos los rincones del Hollywood mítico y todas las personas relacionadas a las que se ha tenido acceso han sido grabados; la suerte está echada.
La cinemateca del teatro Egipcio, último escenario de las tomas, acoge en su entrada un bar donde hemos celebrado con cerveza el final de la primera fase del trabajo; esta noche, una vez todo terminado, habrá nuevos brindis. Ayer mi amigo el cámara y yo nos refugiamos del chaparrón en un restaurante italiano rústico muy acogedor. Y hoy parte del equipo ha comido conmigo en otro italiano, esta vez más fino, donde todo estaba estupendo: a medida que pasan los días, parece que también es posible ingerir algo que no sea comida basura.
Es un ejemplo de que la sarta de tópicos negativos que estoy desgranando en mis crónicas es (como pasa siempre) sólo una cara de la realidad. En todas partes cuecen habas (aunque aquí son difíciles de hallar) y regirse por prejuicios es una manera segura de equivocarse.
De hecho, me parece que en Los Ángeles el caos circulatorio es más bien ordenado; que la cantidad de personas sensibles (artistas) por metro cuadrado es muy superior a la del resto del mundo; y que la mejor forma de pasar la vida (esperar la muerte) es ilusionándose por algo: ejercicio que aquí son expertos en exportar.
Domingo 27
El trabajo del equipo al que acompaño y apoyo ha tocado a su fin. Ahora nos quedan dos días de asueto para reconocer Los Ángeles con calma.
Esta mañana he cruzado Sunset Boulevard, porque justo en la acera de enfrente está la tienda de guitarras eléctricas más famosa del mundo (Guitar Center). Hollywood no es sólo el lugar histórico donde a principios del siglo XX nació el cine como industria; también en paralelo se desarrolló desde aquí el negocio de la música popular, creándose las primeras casas discográficas.
A la entrada de la tienda, en un remedo del acceso al Teatro Chino de Hollywood Boulevard, se agolpan losas en el suelo con las huellas de las manos de los grupos e intérpretes más relevantes del rock. Dentro se puede ver una apabullante exposición de guitarras, que van de precios populares a astronómicos. Yo, que de instrumentos no entiendo nada, he salido anonadado. Y Gabi, que me acompañaba, también.
Antes de comer hemos visitado Santa Monica, el barrio costero angelino con su bello paseo comercial, una especie de Las Ramblas versión fashion. La comida estrambótica (muy buena) ha tenido lugar en un restaurante que homenajea nada menos que a Forrest Gump, en el entorno de un viejo parque de atracciones varado en un muelle.
Y el precioso ocaso del Pacífico lo hemos divisado desde el paseo marítimo de Venice, el barrio de Los Ángeles donde se respira la marihuana mezclada con el incienso, los rastafaris, las minúsculas clínicas de bótox, los puestos de artesanía hippie, el rock, los tatuajes… la herencia de lo que alguna vez quiso ser contracultura. Un lugar extraordinariamente atractivo, todo hay que decirlo.
Y a la hora de la entrega de los Óscar (el motivo último que me ha traído hasta aquí, quién me lo iba a decir), un providencial bar ha salido a nuestro encuentro. Agradable barra, buena cerveza, pantallas de televisión… y a dejarse llevar por la gala, presentada por la inconmensurable Anne Hathaway. “El discurso del rey” se ha llevado los premios más importantes: justa decisión, porque entre las películas -ciegas- de este año, como ya dije, el tuerto/tartamudo (buena película británica, pero no obra maestra) es rey -de Inglaterra-.
De vuelta en Hollywood, una cena internacional nos mece a la cama. El hecho de que estas crónicas hayan ido pasando de reflexivas a anecdóticas, de críticas a complacientes, de sesudas a ligeras, tiene un nombre científico: síndrome de Estocolmo. El autosecuestro que me he suministrado me hace ver cada día más bello el lugar, más buena la comida, mejores personas los miembros del equipo, más guapas las mujeres, más obedientes los perros, más gráciles las gaviotas, más valientes los inmigrantes, más tranquilos los vagabundos, mejor combadas las palmeras y más duradera la batería de la cámara de fotos.
Todo, como vengo avisando, ficción absoluta: es decir, la pura verdad de la vida. La paz ayuda. Y el amor también hace, también (peace and love). Lo digo por mi estado actual, claro. Pero además como homenaje a aquel “verano del amor” que se produjo en agosto de 1967, aquí mismo, justo en el preciso instante en que yo nacía.
Lunes 28
Segundo y último día de turismo hasta que llegue la noche y tenga que embarcar en un viaje interminable hasta volver a Zaragoza. Hacemos una visita fugaz al entorno de Universal Studios, y nos vamos, ahuyentados por el precio de la entrada al parque temático. Parque que por otro lado algunos nos alegramos de no visitar.
El barrio de negocios, el lugar con el ayuntamiento y los rascacielos, se llama Downtown (centro). Allí está la catedral (2002), diseñada por el español Moneo. En su cripta, la tumba de Gregoy Peck y muchas otras, que esperan con nombre o sin él, reservadas a muertos muy precavidos. Pero lo más descacharrante es que una vez que has dejado el coche en el aparcamiento de la catedral, si quieres librarte de pagar 18 dólares debes validar el ticket en una mesa a la entrada… sólo si has ido a misa.
Muy cerca se levanta el Walt Disney Concert Hall, esta vez de Gehry (1999), primo del Guggenheim de Bilbao. Alberga un jardín bastante tranquilo.
Y más tranquilo aún resulta el restaurante tailandés de Sunset. Comida rica y buena compañía, no se puede pedir más que un buen cigarrillo. Pero eso en el siglo XXI es pecado mortal. Los parias de la tierra somos ahora los que estamos perseguidos por echar humo (quede claro que es una ironía: los parias son los de siempre, muriendo como moscas por enfermedades que para nosotros son curables).
Una animada tarde viendo cómo compran, una agradable velada cervecera nocturna en Venice con todo el equipo (José Ángel, Gabi, Tamara y Raquel), más dos agregados: Sergio, director sevillano de cortos y yo, paseante zaragozano.
Y con eso ya está todo el pescado vendido. Tras las despedidas y sin dormir ni un minuto, el avión nos lleva a Gabi y a mí del aeropuerto de Los Ángeles al de Philadelphia, atravesando todo el país en dirección contraria a la de la venida. Horas y horas.
Martes 29
Esta crónica, además de ser la última, es la dura constatación de que las realidades son a veces como muros contra los que chocarse. En este caso, el trayecto que para mucha gente es un viaje rutinario, a mí me deja tan hecho polvo que disminuye gravemente la calidad de mis textos. Así, el anterior, escrito en estado próximo a la lipotimia (como éste): sólo acierto a balbucear recuerdos borrosos.
Pero es que una intensidad como la experimentada (aún ando entre aeropuertos), a raíz de un desplazamiento tan inesperado, que me ha abierto los ojos (siquiera por unos días) respecto a cómo hay que vivir, merece a cambio este pequeño esfuerzo de párpados sin cerrar por unas horas.
Como digo, a cambio sé que tengo unos amigos muy buenos (que ya tenía); que si aceptas las cosas tal y como vienen quizás hagas menos bilis y más endorfinas; que si transmites paz te la devuelven. Que con la edad, uno se pone más tierno, menos voceras y más alegremente triste.
No tengo nada más que decir de los Óscar; ni de USA, California, Los Ángeles, Hollywood y el resto de sus barrios. Nada más tampoco del cine, del audiovisual. Ni de mis amigos. Ni de mí.
Sólo sé que estoy muy cansado. Cuando duerma un poco, hablamos.
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