sábado, 23 de enero de 2016

La Virgen del Pilar, según Richard Ford

Publicado el 25 abril, 2008 por Antonio Tausiet


Extracto del “Manual para viajeros por el Reino de Aragón y lectores en casa” (Londres, 1845) de Richard Ford:

Zaragoza es la ciudad de peregrinación de Aragón, ya que todo el mundo concurre allí, de los cuatro puntos cardinales, Para ver el Pilar y la imagen que bajó del cielo, como el Palladium de Troya (Pausanias, I, 26, 6). Este moderno paralelo ha sido hallado milagro tan auténtico por tantos papas, que Diego de Astorga, primado de España, excomulgó, el 17 de agosto de 1720, a todos los que llegasen siquiera a ponerlo en duda, mientras que Risco, escribiendo en 1775, sostiene “que su verdad ha sido establecida sobre tan firme base que nada puede hacerla vacilar ahora”.


La leyenda puede ser explicada enseguida. Cuando los moros de Córdoba rompieron su lealtad al califa de Oriente, la enemistad recíproca que fue consecuencia de esto hizo que resultase imposible hacer peregrinaciones a La Meca. Por lo tanto, se creó en Córdoba un sustituto en la Ceca de su mezquita. En vista de lo cual los imitadores castellanos, que no podían ir a Jerusalén, fundaron Santiago a manera de sepulcro y lugar santo de oposición. Pero los aragoneses, que entonces eran independientes de Castilla, no querían tener que hacer sacrificios ante un santuario extranjero y, en consecuencia, inventaron uno para ellos solos, seleccionando con este objeto su propia capital por evientes razones financieras. De la misma manera que los castellanos habían adoptado a Santiago para el papel de su Hércules, los aragoneses escogieron a la Virgen para el de su Astarté. Nada de todo esto se había intentado durante los períodos romano y gótico, simplemente porque, como no había moros en España, no hacía falta ninguna Meca antagónica. Prudencio, que escribió tanto sobre la cristiandad zaragozana, omite completamente, en consecuencia, el hablar del Pilar, como también San Isidro (Oríg. XV, 1) cuando describe las ventajas geográficas y religiosas de Zaragoza: “Loci amenitate et deliciis praestantius civitatibus Hispaniae cunctis atque ilustrius, florens sactorum martyrum sepulturis“.


La historia autorizada por la Iglesia está minuciosamente impresa en la “E.S.”, XXX, 426, y en ella se afirma que Santiago, poco después de la crucifixión, pidió a la Virgen permiso para predicar el Evangelio en España, y habiendo “besado su mano” vino a Zaragoza, convirtió a ocho paganos y se quedó dormido. Entonces los ángeles del cielo trajeron viva a la Virgen desde Palestina y la volvieron a llevar allá después de haber dicho ella al apóstol que quería que edificase una capilla allí mismo, lo cual éste hizo, y a la cual ella luego fue con frecuencia a oír misa, de la misma manera que solía hacer Minerva (Od., III, 435).

Estos pilares o Baitulia (Bethel, la casa de Dios) son decididamente orientales: compárese el de la “madre de los dioses” de Acrocorinto (Pausanias, II, 46), el que fue dado por Minerva en Kysicos (Antho. Anath., VI, 342) o el dorado de Juno en Crotona (Livio, XXIV, 3).


La santa imagen misma es pequeña, y está tallada en una madera resinosa, casi negra. Como obra de arte es tosca y de segunda categoría, pero inspira en los indígenas un temor convencional. Hasta cincuenta mil peregrinos se calcula que han llegado de una vez a Zaragoza. Su santuario está rebosante de campesinos de todas las edades y sexos, Pagani, que se sientan y se arrodillan y rezan, formando, por instinto de peregrinos, los grupos más pintorescos, como los contadini en Roma. ¡Qué murmullo y qué ruido en la iglesia, qué cúmulos de voces, qué olor a ajo! Y sin embargo, todos ellos confían que sus pequeños deseos y esperanzas serán concedidos gracias a su intervención. De esta manera, el Vaticano, facilitando una ayuda milagrosa para las más corrientes necesidades, se ha ganado a la masa, ya que les ofrece un sistema basado en la comprensión de las más humildes necesidades y dolencias. Este credo, descendiendo así hasta la humanidad, se vuelve aceptable y consolador para la muchedumbre, cuya fe en él es el sacrificio de los tontos.

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